sábado, 13 de septiembre de 2014

Eternidad

Una vieja ventana color verde deja pasar, a través de sus cristales, rayos de cobre que colorean la habitación de un tono dorado. Unas plantas verdes colgadas de las paredes proyectan sus sombras sobre el suelo dibujando extrañas siluetas. Sobre una mesa de madera, vestida con un tapete de visillo, hay un pequeño reloj de arena con las bases de madera. En el cristal del reloj se refleja toda la habitación. Dentro de él la arena ha dejado de caer, toda permanece en la parte de abajo, inmóvil. Toda, menos un diminuto grano de arena, que permanece suspendido en el aire, en la parte más estrecha del reloj, ahí desmontando todas las teorías de los más célebres físicos. Pareciese como si el tiempo se hubiese detenido, los pájaros que de buena mañana se escuchaban ya no trinaban; el gato, que golpeaba la ventana todas las mañana en busca de alimento, ese día no llamó; y la señora que de negro vestía, que cojeaba de una pierna y con su alegre canto a todos los de la casa despertaba, tampoco ese día apareció. ¿Era aquella estancia la que permanecía petrificada en el tiempo o era todo el universo? No muy lejos de ahí una pareja de jóvenes, ella una dama de familia acomodada; y él un labriego de familia campesina, juntaban sus labios fundiéndose en el que era su primer beso. Nada existía para ellos, ni la ventana verde de la casa, ni el gato que por la cornisa andaba, ni los pájaros que en las ramas piaban, ni Dolores cantando de buena mañana; tan solo ella y él, un beso y la eternidad.


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